Sinopsis: En la cooperativa “Manos Unidas”, todo parecía funcionar con normalidad… hasta que una pequeña acción comenzó a desacomodar certezas: alguien se sentó en una silla distinta. Lo que parecía un detalle sin importancia reveló tensiones ocultas, costumbres arraigadas y formas sutiles de jerarquía que se habían instalado sin ser cuestionadas.
A través de una historia sencilla pero poderosa, esta fábula nos invita a reflexionar sobre el liderazgo, la participación y la verdadera horizontalidad en las organizaciones cooperativas. Porque a veces, cambiar de lugar no es solo mover una silla… es mover la forma en que nos miramos y nos gobernamos.
En el viejo salón comunal del pueblo de El Robledal, donde las paredes de adobe aún conservaban los ecos de antiguas decisiones y las lámparas colgantes oscilaban con la brisa de la sierra, algo inusual comenzó a pasar.
Cada tercer viernes de mes, desde hacía más de treinta años, los miembros de la cooperativa "Manos Unidas" se reunían en asamblea. Era un ritual esperado, respetado, casi sagrado.
Pero en los últimos meses, algo se sentía distinto. Los ánimos estaban más tensos, las miradas más inquisitivas, los murmullos más frecuentes.
No era por falta de café ni por la puntualidad, que siempre caracterizaban esas reuniones. No. Había algo en el ambiente... algo que nadie nombraba pero que todos sentían.
La primera en notarlo fue Doña Clara, socia fundadora, quien desde hacía un par de años prefería sentarse al fondo. Observadora silenciosa, se dio cuenta de que cada quien ocupaba siempre la misma silla, como si estuvieran marcadas. Las más cercanas al estrado eran ocupadas por los miembros del consejo, las siguientes por algunos socios “reconocidos”, y atrás, cada vez más relegados, los nuevos socios, los jóvenes, los tímidos.
Un día, sin pensarlo demasiado, Doña Clara cambió de lugar. Llegó temprano, se sentó en la segunda fila, justo en el asiento donde normalmente se sentaba Don Pascual, un vocal del consejo. Cuando él llegó, la miró con cierta incomodidad, saludó con cortesía forzada, y buscó otra silla, un poco más al fondo.
El gesto no pasó desapercibido. Al siguiente mes, Doña Clara volvió a cambiar de lugar. Esta vez se sentó en el centro de la sala. Y la vez siguiente, junto a la puerta. Cada vez, distintas personas reaccionaban de forma distinta: sorpresa, molestia, confusión.
Poco a poco, otros empezaron a hacer lo mismo. Sin decir una palabra, algunos jóvenes comenzaron a llegar más temprano para sentarse adelante. Otros socios se rotaban los lugares, como un juego no anunciado. Y aunque nadie hablaba del tema, todos lo notaban.
Fue en la asamblea de junio cuando todo estalló. Don Fermín, presidente del consejo de administración, pidió al inicio que "los miembros del consejo tomaran sus lugares habituales". Pero para ese momento, las "sillas habituales" ya estaban ocupadas.
—Disculpen, creo que esto debe aclararse. Algunas sillas tienen una función específica —dijo con voz firme.
Un silencio tenso se apoderó del salón.
—¿Y cuáles sillas son esas, Don Fermín? —preguntó Doña Clara con voz tranquila, pero clara como campana.
—Pues... —titubeó—, las de adelante. Siempre han sido para el consejo, por orden, por respeto.
—¿Y eso dónde está escrito? —intervino Julián, un joven socio que recién se había incorporado.
—No está escrito... pero es lo que se ha hecho siempre —respondieron varios.
La discusión escaló. Algunos defendían la costumbre, otros pedían mayor apertura. Pero lo más interesante era que nadie había planeado esto, ni lo habían hablado antes.
Las sillas se habían convertido, sin querer, en símbolos de jerarquía. Y al cambiarlas, se había removido algo más profundo.
Don Fermín, visiblemente molesto, propuso que en la siguiente asamblea se colocaran carteles o distintivos para delimitar los lugares "según el rol de cada quien". Pero su propuesta no prosperó. El tema había quedado sembrado, y muchos comenzaban a reflexionar en silencio.
Fue Doña Clara quien, con paciencia, solicitó la palabra en la siguiente reunión. Cuando hablaba, nadie interrumpía. Había algo en su voz que mezclaba sabiduría con dulzura, firmeza con respeto.
—Queridos compañeros y compañeras, quiero contarles algo que pasó hace muchos años, cuando fundamos esta cooperativa. En ese tiempo, las sillas no estaban acomodadas por jerarquías, sino por afinidad. Un día alguien traía un banco, otro una caja, otro una silla de su casa. Nos sentábamos como podíamos. Pero nunca como debíamos.
Hizo una pausa. Algunos sonrieron al recordar.
—Nunca nos importó quién se sentaba adelante o atrás. Importaba lo que se decía, lo que se proponía, lo que se construía. Pero con los años, sin darnos cuenta, las sillas empezaron a hablar por nosotros. Y ahora, pareciera que nos definen. Como si el lugar nos diera valor, en vez de nuestras acciones.
El salón estaba en silencio absoluto. Ni siquiera las tazas tintineaban. Doña Clara continuó:
—Yo no vine aquí a sentarme en un lugar cómodo. Vine a aportar. Y estoy segura de que todos ustedes también. Propongo que, de ahora en adelante, antes de cada asamblea, las sillas se acomoden en círculo. O en forma diferente cada mes. Y que todos podamos sentarnos junto a quienes queramos, no junto a quienes nos imponen.
Hubo un aplauso. Primero leve, luego generalizado. Fue una de esas pocas veces en que algo tan sencillo como mover una silla se convertía en un acto simbólico de transformación.
Desde entonces, las asambleas de "Manos Unidas" comenzaron a cambiar.
Cada mes se inventaban una nueva forma de acomodarse: en espiral, en grupos, en diagonal, hasta en forma de corazón una vez. Lo importante no era la forma, sino el fondo: todos tenían derecho a la palabra, al centro, a ser vistos y escuchados.
Y lo más hermoso fue que esa pequeña revolución se extendió a otros aspectos de la cooperativa. Los roles se empezaron a rotar más frecuentemente. Los jóvenes propusieron talleres. Las mujeres mayores ofrecieron mentorías. La asamblea se volvió un espacio vivo, dinámico, horizontal.
Lección para el cooperativismo y la ESS
En muchas organizaciones cooperativas, los signos de jerarquía no son tan evidentes. A veces se ocultan en detalles tan simples como una silla, un lugar reservado, una mirada. Pero cuando esos detalles se acumulan, erosionan la horizontalidad que las cooperativas promueven.
El liderazgo cooperativo no se mide por la cercanía al estrado, sino por la cercanía a las personas. Gobernar no es dominar, es facilitar. Liderar no es hablar más alto, sino escuchar mejor.
Si queremos organizaciones verdaderamente democráticas, debemos revisar hasta nuestras costumbres más simples. Porque en lo cotidiano se juega la coherencia entre lo que decimos y lo que vivimos.
Semilla para el cambio
La horizontalidad no es ausencia de estructura. Es presencia de equidad. Es hacer que todos y todas se sientan parte, sin importar dónde se sienten. Una silla no debería tener más voz que una persona. Una cooperativa que quiere avanzar necesita construir espacios donde el poder no se concentre, sino que circule.
Y si alguna vez dudas de por dónde empezar ese cambio, recuerda que basta con mover una silla.
Porque a veces, mover una silla... puede moverlo todo.
🖋️ Este relato forma parte de la colección original Historias Solidarias desarrollada por Ramón Imperial Zúñiga para 5to-Principio.

Los cambios más simples pueden provocar grandes transformaciones
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