En muchas cooperativas, la identidad parece asumirse como algo dado, automático o garantizado por la historia. Sin embargo, ser cooperativa no es solo una declaración jurídica ni una tradición institucional: es una práctica viva que debe renovarse cada día.
Este artículo cuestiona la creencia de que la identidad cooperativa se mantiene por inercia y propone entenderla como una construcción diaria que se manifiesta en la educación de los socios, en la coherencia entre discurso y acción, en la participación real y en las decisiones éticas.
A través de preguntas provocadoras, ejemplos y propuestas concretas, invita a dirigentes, trabajadores y miembros a revisar con honestidad si están fortaleciendo o debilitando su esencia cooperativa.
Porque el cooperativismo no se hereda: se construye colectivamente, paso a paso, decisión tras decisión. Y el verdadero valor de una cooperativa no está solo en sus números, sino en el alma que encarna día con día.
En muchas cooperativas, especialmente las más antiguas, se respira una cierta sensación de orgullo histórico. "Somos cooperativa desde hace 60 años", dicen algunos. "Nuestro fundador fue un líder solidario que creyó en los principios cuando nadie más lo hacía", recuerdan otros. Sin duda, esa memoria tiene valor. Pero también es un riesgo. Porque la identidad cooperativa, si no se cultiva, se marchita. Y lo que fue una razón de ser, puede volverse solo un eslogan.
La identidad cooperativa no se hereda por decreto ni se mantiene por inercia. Se construye o se pierde. Se cultiva o se erosiona. Es una tarea diaria, colectiva, consciente. Y aquí vale la pregunta: ¿está tu cooperativa construyendo su identidad cooperativa todos los días, o simplemente viviendo de la gloria pasada?
¿Qué es, realmente, la identidad cooperativa?
Antes de seguir, pongamos en claro algo fundamental: la identidad cooperativa no se reduce a tener la palabra "cooperativa" en el nombre, ni a contar con estatutos que mencionan los Principios de la ACI. Tampoco se trata solo de pertenecer a una federación, usar ciertos colores o conmemorar la fecha de fundación de la cooperativa.
La identidad cooperativa es una mezcla viva de cultura, valores, prácticas, decisiones, lenguajes y coherencia. Es la manera como una organización piensa, actúa y se relaciona con sus socios, sus trabajadores, su comunidad y su entorno.
Cuando una cooperativa tiene identidad fuerte, se nota. No solo en los documentos institucionales, sino en las conversaciones cotidianas, en la forma de tratar a las personas, en cómo se toman las decisiones, en la forma de distribuir excedentes, en la educación que se promueve.
El peligro de la costumbre: cuando la cooperativa se convierte en "una empresa más"
Muchas cooperativas han dejado de cultivar su identidad y han terminado funcionando como empresas convencionales con estructura jurídica distinta. No hay participación real, no hay formación cooperativa, no hay diálogo con la comunidad. Solo hay balances, asambleas formales, decisiones de cúpula y una rutina operativa.
¿Cómo ocurre esto? Poco a poco. Por omisión. Por comodidad. Por dejar de preguntarse quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos.
Se empieza abandonando la formación de nuevos socios. Luego se deja de hablar de los valores. Se reducen los espacios de participación. Se contratan directivos que no conocen ni creen en el modelo. Se prioriza la rentabilidad. Y al final, lo único que queda del cooperativismo es el nombre en el membrete.
Preguntas que revelan el estado de la identidad
Para saber si una cooperativa está construyendo o perdiendo su identidad, basta con hacerse algunas preguntas incómodas:
¿Cuántas actividades de educación cooperativa se realizan cada año?
¿Los socios entienden realmente qué es una cooperativa? ¿Actúan como clientes o como dueños?
¿Los principios cooperativos se aplican en las decisiones cotidianas?
¿La estructura de gobierno garantiza participación o solo cumple formalidades?
¿Las personas que dirigen la cooperativa han sido formadas en identidad cooperativa?
¿La comunidad percibe a la cooperativa como un actor distinto, transformador?
Las respuestas a estas preguntas pueden incomodar, pero son necesarias. Porque la identidad no se presume, se demuestra.
Identidad viva: una práctica diaria
Construir identidad cooperativa no es una tarea aislada de algún departamento de educación o de comunicación. Es un proceso transversal, que toca todas las áreas y niveles.
Cuando una cooperativa abre espacios reales de participación, está construyendo identidad.
Cuando forma a sus directivos, trabajadores y socios, está sembrando cooperativismo.
Cuando resuelve conflictos de manera solidaria y dialogante, está viviendo su esencia.
Cuando sus decisiones responden a valores y no solo a indicadores financieros, está reafirmando su propósito.
Cada gesto, cada acción, cada decisión cuenta. Y si no se cuidan, otras lógicas (mercantiles, autoritarias, individuales) terminan ocupando el lugar vacío que deja la identidad olvidada.
Identidad no es discurso, es coherencia
Muchas cooperativas tienen discursos hermosos en sus sitios web y documentos institucionales. Pero la identidad se mide en la coherencia: entre lo que se dice y lo que se hace.
Una cooperativa que habla de democracia y concentra el poder en unos pocos no tiene identidad cooperativa viva. Una que habla de solidaridad y precariza a sus trabajadores, tampoco. Una que habla de sostenibilidad pero no mide su impacto ambiental o social, está fallando también.
La identidad no se declara, se practica. Y eso exige valentía, porque implica tomar decisiones que a veces van contra la corriente dominante.
Construir identidad en tiempos de crisis
En contextos de crisis económica, política o social, muchas cooperativas sienten la tentación de "apagar" su identidad para enfocarse en la supervivencia. Cuando en un país las autoridades financieras presionan a las cooperativas con temas regulatorios, es más fácil y prioritario para las cooperativas solo atender a las autoridades supervisoras, y prefieren descuidar su identidad. Pero es precisamente en los momentos más difíciles cuando la identidad cooperativa debe brillar con más fuerza.
Es en la crisis cuando más necesitamos decisiones democráticas, solidaridad real, transparencia, corresponsabilidad y esperanza compartida. Las cooperativas no deben convertirse en islas que se protegen, sino en faros que guían.
Tres caminos para fortalecer la identidad cooperativa
Formación permanente con sentido crítico: No solo capacitación operativa. Formación sobre historia, principios, valores, modelos de gobernanza y economía solidaria. Con metodologías participativas y contextualizadas.
Evaluación de la identidad vivida: Crear espacios periódicos para revisar si se está viviendo el cooperativismo. Diagnósticos participativos, auditorías de valores, encuestas internas, asambleas reflexivas.
Coherencia institucional desde el liderazgo: Los dirigentes deben ser los primeros en encarnar la identidad cooperativa, deben pedir y estar al pendiente que la gerencia y personal no descuiden los programas de formación cooperativa. No basta con gestionarla bien: hay que liderarla con visión ética y compromiso pedagógico.
Cierre reflexivo: volver a preguntarnos quiénes somos
Una cooperativa no se define por sus activos ni por sus estados financieros. Se define por su alma. Y el alma cooperativa se construye con valores compartidos, con decisiones conscientes, con educación crítica, con coherencia viva.
Es fácil copiar modelos empresariales, automatizar procesos, hablar de competitividad. Pero lo difícil, lo desafiante y lo transformador es ser fiel al sueño cooperativo original, adaptado a los tiempos que vivimos.
Es relativamente fácil crear una cooperativa, lo difícil es realmente crear y desarrollar auténticos cooperativistas. No basta con llamarse cooperativa. Hay que serlo. Y para serlo, hay que reconstruirse cada día. En cada junta, en cada proyecto, en cada interacción con la comunidad.
Invitación final:
Haz una pausa. Reúne a tu equipo. Pregúntense con honestidad:
¿estamos construyendo identidad cooperativa o solo repitiendo una rutina?
¿Qué acciones concretas podríamos emprender desde esta semana para recuperar, fortalecer o renovar nuestro compromiso cooperativo?
El futuro del cooperativismo no está garantizado por su historia. Está en nuestras manos, en nuestras decisiones, en nuestra capacidad de vivir lo que decimos ser.
¡Hagamos que cada día cuente!
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